|
Sabbioneta Piero della Francesca la soñó en un
cuadro; la ciudad ideal, una armoniosa simetría de espacios y volúmenes con el hombre por eje y equilibrio. Ciudad, digna morada para el príncipe. El palacio
de mármoles y estucos, la iglesia, los jardines para el ocio, la plaza con su fuente y sus efebos. Vespasiano Gonzaga, mantovano –guerrero cruel, poeta taciturno- fue el hacedor, a fines del
Seiscientos, de esta urbe gentil y cortesana com o su bello nombre: Sabbioneta (“Pequeña Atenas” también fue
llamada). Por la
suntuosidad de sus salones discurrieron
prelados, humanistas, nobles
damas y duros condotieros. Ciudad abstracta es hoy; su simetría se
amodorra en acordes apagados que hablan
de soledad y desventura. La
injuriaron los siglos y los hombres. Postrada
entre las hierbas, es ahora
un fantasma que tirita cuando la
tarde, con sus luces últimas, la
arrebuja en un tétrico silencio. Ciudad-cadáver, su esplendor vetusto busqué en recintos que se destartalan con sólo respirar. Olvido y mugre en su Teatro Olímpico y su plaza: apeadero de carros y camiones. Sabbioneta: toda ciudad antigua tiene un alma. No hallé la tuya. Sólo vi, entre
piedras (las que una vez reprodujeron el torso patriarcal de Vespasiano), la cucaracha que escudriña el polvo y el
latigazo de la lagartija. |